| Jesús mismo - Parte 4 |
| Escrito por Reinhard Bonnke |
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Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. Y comieron todos, y se saciaron. Jesús – El pan de vida Un aspecto bien conocido del Evangelio de Lucas es que está lleno de referencias acerca de pan, alimentación, comidas y comer. He contado 48 pasajes sobre este tema. El más impresionante de todos es cuando Lucas relata la alimentación de los cinco mil en Lucas 9:10-17. Aquel acontecimiento se relata en todos los cuatro Evangelios y nos quiere enseñar algo muy importante. Jesús mismo se refirió a aquel milagro en Mateo 16:9 y expresó su sorpresa ante el hecho de que parecía que los discípulos no habían entendido la magnitud de lo que había sucedido aquel día. Solamente sabían lo que habían visto con sus propios ojos. El propósito de la voluntad eterna de Dios estaba detrás de todo ello, pero no lo habían entendido. ¿Pensaban que a Dios simplemente le había apetecido dar una pequeña demostración de su poder? Cuando leí aquella familiar historia nuevamente, me di cuenta de algo poco usual. Lucas puso esta historia entre dos versículos parecidos: “Y dijo Herodes,¿quién, pues, es éste, de quien oigo tales cosas?” (Lucas 9:9); “y les preguntó, diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo?” (Lucas 9:18). La gente sobre la que preguntaba Jesús eran los a los que les había dado de comer, no la gente en general. ¿Qué pensaban de él? Qué habían hecho del hombre que mostró tal omnipontencia? Jesús pensaba que el milagro debió haber producido al menos curiosidad acerca de quién era él. Y hasta debió haber revelado su identidad. Esta es la manera de Dios de probar a hombres y mujeres. ¿Lo ven, lo entienden? Él no camina por el mundo con un cartel para que todos lo vean. Jesús bien dijo: “Creedme por las mismas obras” (Juan 14:11). Sin embargo, esto fue mucho más que una demostración de poder. Piensen solamente en la frase famosa que dijo Jesús en Juan 14:10 “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? […], sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras”. Si alimentos para cinco mil personas significaban algo, es porque Jesús estaba diciendo que Padre estaba involucrado en cada detalle tanto como lo estaba él. Con sus milagros Jesús dio gloria al Padre y reveló el corazón del Padre. Jesús es la imagen de Dios. Miren a Jesús, sus obras, su bondad y su sacrificio y verán el rostro de Dios. Jesús es como Dios el Padre y Dios el Padre es como Jesús el Hijo. “Como el padre asi el hijo,” decimos. Lo bien que describe a Jesús y su Padre! Jesús dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19). ¿Porqué Jesús dio de comer a la multitud? ¿Realmente tuvo que preocuparse de eso? Bueno, sí, lo hizo, porque es justamente la clase de cosas que Dios hace todo el tiempo. Jesús siempre hizo lo que vio hacer a su padre, y de esta manera demostró que era el verdadero Hijo de Dios. El Hijo reflejaba a Dios. Por ejemplo, el Padre dijo “Yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) y Jesús también sana. El Señor es el Dios de salvación y Jesús salva. El Señor es el Dios de liberación y Jesús libera. El Señor es eterno e inmutable y así es Jesús “es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Dentro de sus circunstancias y su corto tiempo en la Tierra demostró cómo obra el Padre. Cualquier imagen de Dios que no se parece a Jesús es falsa. Creo que debería resaltar algo en los versículos que Lucas pone antes y después de la alimentación de la multitud. En ambos textos la pregunta realmente era que si Jesús era Elías o Juan el Bautista resucitados. Es interesante que se trata de un milagro en el que cinco mil personas comieron bien y suficiente, ya que ambos, Juan y Elías sobrevivieron en el desierto con muy poco, comiendo lo que encontraban. Eran ascetas, como los santos medievales que intentaban olvidar que tenían estómagos. No – Jesús no era Juan o Elías. ¡De hecho, sus enemigos le acusaron de ser un glotón y bebedor de vino! Él puso el foco de atención sobre la abundancia y liberalidad. Hizo más pan de lo que hubiera sido necesario en el desierto y más vino en las bodas de Caná de lo que hubiese podido beber. Pan y vino son lo que Cristo da. ¿Recordamos el versículo del Evangelio de Juan: “el Hijo hace nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” (5:19)? En otras palabras, el Padre nos da pan y vino. Es extraño pensar que Jesús hiciera pan en el desierto. Anteriormente en su vida, Jesús había sido tentado a hacer precisamente esto y se negó. El tentador vino a él provocándole: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:3). Satanás estaba intentando provocar a Jesús a que demostrase quién era, pero Jesús nunca obró milagros por tal motivo. Jesús mismo no pretendía fanfarronear su poder para que la gente creyera en él. De todos modos no tenía fe en las personas que creían en él solo como un obrador de milagros (véase Juan 2:23-25). Él vino a demostrarle a todo el mundo cómo es el Padre. No se revelaba a sí mismo, sino que esperaba a que las personas lo entendieran ellas solas y dijeran como Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). La identidad de Jesús como Mesías muchas veces se prueba con escrituras del Antiguo Testamento. Él cumplió aquellas escrituras , pero Jesús era más grande que las profecías. Los estudiosos de la Biblia de aquel entonces sabían todo sobre el Mesías – desde un punto de vista académico. ¡Sin embargo, Jesús dijo que ni conocían las escrituras ni el poder de Dios! Las escrituras describían al Cristo pero él explicaba las escrituras. Hizo más que reflejar los detalles como en un espejo. Era demasiado grande para un espejo. La profecía no podía hacerle justicia a su gloria. ¡Pan! El pueblo de Israel hablaba de “el shaddai”, Dios todopoderoso o el Dios todo-suficiente (Éxodo 6:3). Las naciones del mundo se sujetaban a sus deidades limitadas, dioses de la lluvia, dioses de la fertilidad, dioses del fuego, dioses del río y los dioses del cielo, cada uno con sus poderes estrechamente limitados mientras que Israel conocía a el shaddai, el Señor todopoderoso, todo-suficiente. Israel había llegado a este conocimiento mil años antes de que Grecia inventara los dioses del alto Olimpo y sus poderes limitados. La alimentación de los cinco mil demostró el shaddai, el Dios de toda necesidad humana. ¡Es tan emocionante leer el relato en Lucas 9! Me he dado cuenta de que cuando la gente vino a Jesús, Lucas relata que les recibió (versículo 11). Si hubiera sido según los discípulos, Jesús hubiera tenido que decirle a la gente que se fuera a encontrar comida y albergue en uno de los pueblos de alrededor. Lo demuestra su reacción: los discípulos y Jesús habían intentado irse para descansar ya que casi no habían tenido ni un momento para comer. Los discípulos debieron de sorprenderse cuando Jesús “recibió” a la multitud. Sin embargo, enseguida se dieron cuenta de lo que significaba esto – Jesús se presentaba como anfitrión de esta multitud y los trató a todos como a sus invitados. Cristo asumió el rol divino, como anfitrión del hombre y de las bestias del campo. Jesús hizo referencia a ello en el sermón del monte: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26). Habló de lo que nos habla el Salmo 145:16: “Abres tu mano, y colmas de bendición a todo ser viviente”. Es precisamente lo que quieren decir aquellas famosas palabras de los Salmos: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores […]” (Salmo 23:1,5). Desde el principio de la Biblia somos invitados del Señor nuestro Dios. A Adán y Eva les dijo que los árboles del jardín les darían comida. Cuando pecaron fueron expulsados de aquel maravilloso huerto. Sus comidas ya no estarían colgando de los árboles. En lugar de ello, Dios decretó: “[…] y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás […]” (Génesis 3:18-19). Tenían que labrar el campo, plantar las semillas, cuidar las plantas, recoger la cosecha, moler el grano para hacer harina y hacer el pan – pasar por todo el proceso de producción de pan. Las cosas ya no eran tan simples como antes pero sí comieron, Dios lo aseguró. Nuestro Señor es siempre el anfitrión, seamos quienes seamos. “[…] hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Después del Diluvio, Dios hizo un pacto con todo ser viviente: “No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; … ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho. Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.” (Génesis 8:21-22). Seis milenios han pasado y Dios ha cumplido su palabra. La historia de la Biblia trata de pan, pan y más pan. La palabra aparece más de 350 veces en la Biblia. Pensemos en José y el providencial acceso que obtuvo a los graneros de Egipto, el pueblo de Israel que se alimentó de pan del cielo cuando estaba en el desierto, campos y cosechas en la vida de Rut, Sansón, Gedeón; milagros de provisión con Elías y Eliseo; y muchas alusiones en los libros de los profetas. Jesús mismo habla de pan 25 veces. En el discurso más famoso de Jesús sobre el pan de vida en el Evangelio de Juan (6:25-59), la palabra aparece 14 veces. Como su Padre, Jesús muchas veces tomó el papel de anfitrión. Conoció a Juan y Andrés por primera vez y los invitó a su casa. En el pozo en Samaria pidió agua y terminó dándole agua a la mujer (Juan 4:4-26). Proveyó vino en las bodas de Caná (Juan 2:1-11). En Juan 21 preparó el desayuno en la playa para los discípulos que llegaron hambrientos después de toda una noche pescando. Cuando Cristo entretuvo a los cinco mil, no solamente les dio de comer, sino que tuvo compasión con ellos, los sanó, les enseñó. ¡Qué fiesta, qué cena! Los distribuyó en grupos de cincuenta. Dios le había dado de comer maná al pueblo de Israel en el desierto y ahora Cristo le dio de comer a otra multitud del pueblo de Israel. Los fariseos jamás hubieran aprobado aquel banquete al aire libre. No había agua para purificarse las manos antes y no había invitados de honor, ni mesas superiores ni secundarias. Las personas del más alto rango – Jesucristo y sus discípulos – les servían a los demás. Todos estaban sentados en círculos o grupos, todos iguales, y ayudaron a pasar las cestas con el pan milagroso. Fue realmente una representación de la parábola de la fiesta de bodas de Cristo (Mateo 22), donde todo el mundo es bienvenido – lisiados, pobres, mendigos, impuros – y todos son iguales. Nuestro Dios es el que llena todas las cosas. En su presencia hay plenitud de gozo. Una y otra vez, Dios hace preguntas como “¿Porqué gastáis dinero en cosas que no son pan?” Jesús es el pan de vida, pero la gente gasta su dinero en drogas y otros placeres dudosos que siempre dejan la vida hueca y vacía. La alimentación de los cinco mil reveló a Dios el Padre como él es y su infinito interés y preocupación. Este Dios llena los estómagos de una multitud hambrienta en una tarde. Pero no solamente nos creó con estómagos, sino también con mentes y almas, y él da mucho más que pan – placeres, satifacciones y necesidades – en miles de áreas diferentes. El Señor es el Dios de toda bondad. Jesús es lo esencial en la vida. Él nos dice: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). Reinhard Bonnke |
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