| Salvador en plena acción |
| Escrito por Reinhard Bonnke |
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Todo
lo puedo en Cristo que me fortalece. Un día, mi padre, Hermann Bonnke, salió a pescar y se topó con una pesca totalmente diferente de lo que había esperado. Es una historia asombrosa. Mi padre era joven, fuerte y deportivo. Un día, cuando estaba de camino para ir a pescar, escuchó a alguien gritar por ayuda. Entonces vio a un hombre patalear en el agua helada, luchando para no hundirse. Para mi padre no fue importante saber cómo aquel hombre terminó en aquellas aguas. Era buen nadador y se tiró al agua fría, sin pensarselo dos veces, para socorrer a aquel hombre. Cuando lo alcanzó, lo agarró fuerte y le salvó la vida. Cuando alcanzó la orilla arrastrando al hombre medio ahogado y quería sacarlo del agua, se dió cuenta de que pesaba muchísimo. Encontrarse con tantas dificultades para sacarlo del agua le pareció raro, y no entendía por qué le costaba tanto. De repente vio para su gran asombro la razón de tanta dificultad: dos personas más, medio ahogadas también, se estaban aferrando de las piernas de aquel hombre. Mi padre no sólo le había salvado la vida a una persona, sino a tres. ¡Tres por el precio de uno! A causa de su testimonio incansable Hace algunos meses, un joven africano me contó una historia. En el año 1985 habíamos montado en Ciudad del Cabo la carpa más grande del mundo con asientos para 34.000 personas. Pero una tormenta destrozó el techo de la carpa y grandes trozos de tela colgaban de las vigas de acero que tenían una altura de 27 m, bailando en el viento. La carpa destrozada se parecía al esqueleto de un dragón enorme. A pesar de todo ello realizamos una campaña evangelística y llegaron más personas de lo que la carpa hubiera podido acoger. La abuela de aquel joven se convirtió en aquellos días en el Parque Vallhalla de Ciudad del Cabo. Empezó a dar testimonio de Jesús a otros, así como lo hizo la mujer samaritana de la fuente que se fue a la ciudad a contarles a todos que había conocido a Jesús. El joven me dijo: “Por el testimonio incansable de mi abuela, hoy hay 100 miembros de la familia que son crisitanos salvos y llenos del espiritu.” Noventa y nueve le siguieron cuando ella empezó a seguir a Jesús. Mientras el joven me contó aquella historia, las lagrimas empezaron a deslizarse sobre mis mejillas. Me acordé de lo que mi padre me había contado, de que dos personas más se salvaron cuando se tiró al agua para salvar a un hombre. Jesús salvó a aquella abuela, y ella le trajo a toda su familia. Ella siguió a Jesús, y todas estas personas le siguieron a ella. Permitieron ser sacadas de las aguas profundas para ser salvadas e introducidas en el Reino de Dios. Este es el estilo de vida de los discípulos de Jesús. Es valido para todos nosotros. Hemos sido llamados, equipados y capacitados para dar a conocer por el poder de Dios el maravilloso mensaje de la salvación. Equipados para lo imposible Jesús nos dio la gran comisión. Era imposible cumplir con esta orden antes del día de Pentecostés. Por eso, Jesús les ordenó a sus discípulos a que esperasen. Y entonces, las cosas empezaron a moverse. La evangelización de aquel día produjo el nacimiento de la iglesia. Pero, ¿qué es la iglesia? ¿Conocemos a ciencia cierta su razón de ser y su fin? La iglesia es el brazo prolongado de Dios La iglesia es el brazo prolongado de Jesús, el brazo de su misericordia, consuelo, sanidad y bondad: “Jesús de Nazaret … este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). Esto es, lo que nosotros también debemos hacer. La iglesia es su cuerpo. Colosenses 1:18 dice: “Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia.” Dios no tiene otros brazos que los nuestros para abrazar a este mundo miserable. El amor es la característica más extraordinaria de Dios. Pienso que la medida en la que damos muestra clara de su misericordia determina la medida en la que somos cuerpo. Una iglesia sin amor no es iglesia. El amor de Dios que se mostró en Jesús también debe encontrarse en la iglesia. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). La iglesia es en el presente la prueba de lo que hablan los evangelios o, dicho de otra manera, la iglesia es su hijo amado y la expresión palpable del espíritu de Dios que nos hace ser sus hijos. La iglesia es la continuación de lo que sucedió en Pentecostés El propósito de evangelizar no consiste en transformar a la iglesia en un tipo de agencia de comercialización eclesiástica ni tampoco en una sociedad que promueva su propia existencia. Surgió el día de Pentecostés con señales como hablar en lenguas, profecía y fuego. Si la iglesia no dispone de fuego, del hablar en lenguas, de profecía, de evangelismo, del predicar audaz de Cristo y de su resurrección, si no dispone de la certeza de su victoria y de sus promesas, ¿cómo puede una persona con dos dedos de frente creer que se trate de la misma iglesia? ¿Quién podría reconocer en ella la semejanza de aquella iglesia que existía en Jerusalén alrededor del año 30 d. C. si no dispone del poder y de las manifestaciones del Espíritu Santo? Si le faltan estos ingredientes, entonces no le queda nada más que características naturales como el deseo de prosperar, talento de organización, posibilidades, sabiduría y esfuerzo humanos. Si depositamos nuestra confianza en estas cosas, la iglesia no es nada más que una envoltura sin contenido. La iglesia es la prueba de que Jesús está vivo La iglesia está destinada a ser la prueba de que Jesús está vivo. Este hecho se debe hacer visible a través de su energía, su amor y vitalidad. Personas vivas son visibles. Todo lo que Jesús desea es una oportunidad para demostrar que el está vivo, y lo quiere hacer en la iglesia. Pero si la iglesia destina todo su tiempo a demostrar que Jesús resucitó, la gente pensará: “¿Si Jesús realmente resucitó, porqué invierten tanto tiempo y fuerza para demostrarlo? Debería ser visible.” La misericordia para los que sufren y la gracia incomparable de Jesús, la cual sólo el puede dar, deben ser claramente visibles entre nosotros. Cuando Jesús dio la gran comisión, sólo habló a doce personas, doce hombres normales y corrientes. Lo que dijo pareciá ser una tarea increíble y horrible a la vez. Ningún rey o dictador jamás exigió tanto de tan pocas personas. Pero Jesús lo hizo. Puedes reconocer al Jesús verdadero porque exigirá lo imposible. Siempre lo hace así. Te invita a hacer lo que supera tus posibilidades humanas. ¡Mata a Goliat! ¡Mirate como gigante y no como langosta! ¡Mueve montañas! ¡Sé perfecto! ¡Camina sobre el mar bravío! ¡Sana a los leprosos! ¡Resucita a los muertos! ¡Instruye a las naciones! ¡Predica el evangelio a toda criatura! Es ridículo pensar que se puede llevar a cabo la gran comisión sin el poder de Pentecostés. Siempre cuando Jesús exige lo imposible está cerca para hacerlo posible. Este es el principio de una vida con Jesús. ¡A el sea toda la gloria, aleluya! Reinhard Bonnke |
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