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Salvado para Servir
Escrito por Daniel Kolenda   
“Si salvase tu vida, ¿qué harías?” Esta fue la pregunta que Ciro, Rey de Persia, planteó a Cagular, jefe de un grupo de rebeldes a quien había capturado y estaba a punto de ejecutar. Cagular respondió: “Su Majestad, le serviría por el resto de mis días”. Podríamos pensar que esta promesa de lealtad y servicio a Ciro no era nada más que una obligación lógica y esperada a cambio del perdón y la misericordia de un rey. Cagular entendió que por haber sido salvado de la muerte, ahora su obligación era servir

En Mateo 8 leemos que la suegra de Pedro estaba enferma y padecía de fiebre. Jesús fue a la casa de Pedro, y en el versículo 15 dice: “Entonces tocó su mano y la fiebre la dejó; ella se levantó, y los servía.”  

Madres, abuelas, suegras… supongo que todas son iguales. Mientras que respiran, trabajan. Nada más dejar la cama, la suegra de Pedro volvió a la cocina para “servir” a sus invitados. Yo, probablemente, le hubiera dicho, “¡Relájate, mamá! Hace tan solo un momento que aún estabas enferma y en cama, no hace falta que te ocupes ahora de nuestros invitados. ¡Que otro les sirva el café y las tartitas!” ¿Pero cómo podría ella quedarse en la cama? Jesús la había tocado y sanado. Sentía la obligación de levantarse y servirle. ¿Nos damos cuenta de que Jesús no la frenó? Puede, incluso, que desde el principio, Él esperaba esta reacción de ella.

Pablo dice en Romanos 1:14-15: “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.” En los tiempos de Pablo, la élite judía pensaba que si ellos como el pueblo elegido de Dios ministraban a los gentiles, esto era una muestra magnánima no merecida por parte de los paganos. Pablo, sin embargo, se veía a sí mismo como alguien, a quien Dios le había mostrado mucha misericordia y como tal, era deudor a todo el mundo. Para Pablo, predicar el Evangelio a los paganos no era un favor caritativo, era la única respuesta aceptable a la maravillosa gracia y misericordia de Dios. Pablo entendió que había sido salvado para servir.  

Pablo se fue a Roma para comunicarles a los creyentes de allá que ellos también debían presentarse a Dios como sacrificio vivo, concluyendo “…este es vuestro verdadero culto” (Romanos 12:1). Dicho en otras palabras, no se trata de algún favor que le hacemos generosamente a Dios. Él te compró y te redimió con la sangre de su Hijo. Él te liberó del pecado y rompió tus ataduras. En Cristo, Él te bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales. Ante todo lo que Él ha hecho por ti, tu servicio como respuesta solo puede ser “lógico”. Fuiste salvado para servir.

“¡Quién me diera a beber del agua del pozo de Belén que está junto a la puerta!”, dijo el rey David con vehemencia (2 Samuel 23:15). Hubo tres soldados que al oír este deseo cogieron sus espadas y desaparecieron en la oscuridad. Nadie les había dado la orden, ni tenían la obligación de hacerlo, había, sin embargo, una fuerza más poderosa que el deber – su amor por el rey – que los impulsó a irrumpir en el campamento de los filisteos, sacar el agua del pozo y llevarsela a David.

David se conmovió profundamente ante esta hazaña, de manera que no pudo beber el agua sino que la derramó como ofrenda delante de Jehová. No le impresionó el riesgo de tal acto, ya que arriesgarse la vida era algo que se daba por sentado en un soldado. Pero esto era diferente. Lo que los tres habían hecho, no lo hicieron por Israel o por Judá, ni por la guerra o la batalla. Fue una ofrenda personal para David y, sin duda alguna, el regalo más valioso que jamás había recibido

Alguien me dijo una vez: “No siento ninguna carga para una nación particular.” Esto, según su modo de ver, le eximía del ministerio evangelístico. Pero, ¿amas a Jesús? Ese es el meollo del asunto. Y debería ser suficiente para motivarnos a derramar nuestra vida como sacrificio ante nuestro Rey. Existe una motivación más fuerte que todas las demás, incluso más fuerte que el deseo de promover el Reino de Dios y edificar el pueblo de Dios, aún más grande que el deseo de alcanzar a este mundo perdido y moribundo. La motivación primordial y más sublime que una persona pueda tener es amor, solo eso. Amor por Aquél que tanto nos amó que derramó sus lagrimas, su sangre y su vida.

Si recibimos este don de vida que a Cristo le costó todo, ¿cómo podemos posiblemente consumirlo intentando satisfacer nuestras propias ambiciones, nuestros deseos y placeres? ¡Dios nos guarde! Nos vemos más bien obligados a entregarle a cambio nuestra vida, con una actitud reverente y amor profundo, derramarla como ofrenda delante de Él. No nos equivoquemos, esto no es ningún error, ningún derroche. Es nuestro servicio verdadero, lógico. Fuimos salvados para servir.

Cuando Cristo vino, vino – por ti. Vivió su vida perfecta – para ti. Sus lagrimas, su sudor, su sangre, todo fue – por ti. Los clavos, los pinchos, la cruz, la tumba, todo fue – por ti.  

Si yo me encontrase esperando la pena de muerte y llegase el anuncio de una condonación misericordiosa del gobernador justo unos instantes antes de mi ejecución, tendría la sensación sobrecogedora de deberle mi vida. Ésta sería aún mayor si el mismo viniese, se sentase en mi silla eléctrica o se presentase delante de los soldados que me iban a fusilar o pondría su cuello en el lazo de mi horca. Si estaría a punto de ahogarme y Usted se tiraba a las aguas bravías del mar para salvarme, no pasaría ni un solo día de mi vida sin que yo me acordase de Usted con profunda gratitud y no dejaría escapar de mis manos la más mínima oportunidad para servirle.
¿Cuál debería ser nuestra reacción frente a Jesucristo, quien se tiró a las profundidades más oscuras del infierno y nos arrancó de las garras del devorador, dejando en el acto su propia vida preciosa? Nuestros corazones deberían arder a causa de esta misericordia sin límites y generosidad desinteresada. Deberíamos desear fervientemente derramar nuestras vidas delante de Él.

Un soldado en la Guerra de Vietnam estaba a punto de pisar una mina antipersona escondida de su vista. En ese momento, su amigo que se encontraba en la otra punta del campo de batalla lo vió y, para salvarlo de la catástrofe, dejó su barricada, se puso de pie y le advirtió a gritos del peligro. Justo entonces, este joven y valiente hombre, recibió una bala que terminaría matándole. Algunos años más tarde, el soldado que pudo salvar su vida por la advertencia de su amigo, tuvo la ocasión de conocer a la familia del difunto en un acto conmemorativo en honor de los soldados caídos. El hijo de su amigo tenía tan solo siete años y creció sin nunca tener la oportunidad de conocer a su heroico padre. “Quiero que sepas que tu padre me salvó la vida”, dijo aquél soldado al muchacho. El niño lo miró y mientras las lágrimas corrían por su rostro, respondió: “Señor, mereció la pena el sacrifició?”

El evangelista Leonard Ravenhill preguntó una vez: “¿Mereció la pena que Cristo muriera por lo que tú ahora estás viviendo?” Él no nos salvó para luego coleccionarnos y mirarnos toda una eternidad como artículos de decoración todo pulidos y bonitos. Nos salvo con un propósito, y cumplir con este propósito es la única respuesta aceptable que podamos tener ante tan maravillosa salvación.

Tienes una obligación, un deber y una responsabilidad ante Aquél que dió su vida por ti. No fuiste salvado por amor a la salvación, fuiste salvado para servir. Este es tu verdadero culto.

 

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“¡La Iglesia de Jesucristo no es un barco de placer, sino un bote salvavidas! A bordo es necesaria la ayuda de todos si las almas han de salvarse.”
(Reinhard Bonnke)