Sudáfrica, 1967. Mi primer año en este país fue el más difícil de todos en muchos sentidos. Tenía muchas expectativas, grandes aspiraciones y una profunda convicción de mi llamado divino. Pero me vi confrontado de lleno con el apartheid, la fea política de segregación racial.
La Sudáfrica blanca era un país próspero dominado por las sociedades europeas. Las personas que gobernaban eran holandeses, alemanes, franceses y británicos. Disfrutaban de una vida con todas las comodidades que la modernidad ofrecía mientras que la mayoría de los sudáfricanos negros malvivían en profunda pobreza. Dios me había llamado a servir a las personas de raza negra. Pero si quería continuar trabajando bajo autoridad, debía someterme al programa que la Velberter Mission (VM) y la Misión de la Fe Apostólica habían preparado para mí.
Prolongamos nuestra estadía, que en un principio debía ser de corto plazo, con el reverendo Stephanus Spies y su esposa Cecilia en la ciudad de Ermelo. Eran muy amables y cuidaban muy bien de nosotros hasta que pudimos establecernos en nuestro propio hogar.
Ellos vivían en la que se llamaba la parte blanca de la ciudad. Ermelo tambíen tenía una zona para personas de raza negra. La Misión de la Fe Apostólica tenía iglesias tanto en la parte blanca como en la negra de la ciudad. Las iglesias celebraban sus cultos por separado. El reverendo Spies me informó de que no me era permitido predicar en las iglesias blancas de la Misión.
“Esto no me importará mucho”, le respondí. “Vine para predicar a los africanos de raza negra”.
“Tampoco podrás predicar a los africanos negros”.
“¿Cómo?”
“Tú no predicarás en ningún lugar hasta que no te hayamos instruido en la manera sudafricana de vivir”, me explicó. “Y, por supuesto, te observaremos atentamente para cerciorarnos de que no eres comunista. Después, recibirás tu propio distrito”.
Primero pensé que estaba bromeando. Pero me di cuenta de que hablaba en serio. El partido comunista había crecido en Sudáfrica a causa del apartheid. Todos temían que se podía producir una revolución.
Poco después, Spies me asignó para predicar en la iglesia negra de Ermelo así como en su propio distrito. Me sentía tan feliz por tener esta oportunidad. Pasé muchas horas en oración, pidiéndole a Dios que me diera las palabras correctas para estos feligreses. El reverendo me llevó a la iglesia y me presentó a la congregación.
Este momento era tan especial para mí. ¡Mi primer sermón dirigido a personas negras en África! En mi mente veía la delineación clara del evangelío que debía predicar y mis palabras rellenaban este cuadro. Sentía una fuerte unción, el mensaje provenía directamente del trono de Dios. Sabía con certeza que Dios había contestado mi oración. Los rostros de estas bellas personas reflejaban el gozo que sentían mientras les predicaba el mensaje central y básico del Evangelio de una manera que les daba a entender que eran nada menos que la niña de los ojos de Dios y no ciudadanos de segunda clase en el reino de los cielos.
Después del culto, Spies me apartó a un lado y me dijó: “Cometiste graves errores”.
“¿De qué errores me está hablando?”
“En primer lugar, le diste la mano a la gente. Esto no se hace. Y luego, en tu sermón, les llamaste ‘hermanos’ y ‘hermanas’”.
No me podía creer lo que oía. “Entonces, ¿cómo debo llamarlos?”
“Llámalos ‘mense’.”
“Qué significa mense?”
“La palabra significa ‘gente’. Ellos lo entienden, es del apartheid.”
Lo miré durante un largo rato antes de responderle. Negando con la cabeza, le dije: “Reverendo Spies, si la sangre de Cristo no hace de nosotros hermanos y hermanas, jamás volveré a predicar el Evangelio.”
Mis palabras fueron como bofetadas para él. Su cuello se volvía cada vez más rojo, mientras que su cara empalidecía. No podía contestarme. Eramos dos predicadores de dos mundos diferentes. Surgió en mí la pregunta si también predicábamos dos evangelios diferentes.
Cuando Anni y yo hablamos el asunto, llegamos a la conclusión de que nosotros solos no podíamos terminar con el apartheid. Si esta era nuestra meta, no podíamos predicar el Evangelio. Lo que sí podíamos hacer era predicar el Evangelio verdadero, el que trae libertad y no cautiverio. También podíamos oponernos al sistema siempre que teníamos la oportunidad de hacerlo.
Un día nos visitaron el reverendo Spies y su esposa. Yo seguía recibiendo la revista misionera editada por la Velberter Mission de la ACD (Iglesia Pentecostal) en Alemania. Uno de los artículos trataba de Sudáfrica. Citaba un estudio estadístico sobre la población blanca y negra, comparándo los ingresos, expectativas de vida, mortalidad infantil y otros aspectos relevantes para evaluar la calidad de vida. Ilustraba clara y rotundamente que el nivel de vida de la población negra estaba muy por debajo de la de los blancos. Las diferencias eran alarmantes. Le enseñé el artículo a la señora Spies y le pregunté qué opinaba acerca de ello. Frunció el ceño y lo leyó sin decir nada.
Varios días más tarde, el reverendo Spies me citó a su oficina. Tras haberme sentado en una silla enfrente de él, sacó la revista misionera de la Velberter Mission y la dejó encima del escritorio, justo en el medio entre nosotros. Era obvio que su esposa se la había dado, preguntándole su opinión.
“¿Es costumbre tuya repartir material ofensivo?”
“¿Costumbre? No, señor. Para decir la verdad, tengo mejores cosas que hacer.”
“¿Es esta la única copia que posees de esta revista?”
“Si. ¿A qué se debe esta pregunta?”
“¿Asi que no pediste copias adicionales?”
“No.”
“¿Y tampoco repartiste este material en la zona?”
“No. Claro está que aún figuro en la lista de correo del ACD y estoy en este país por la cooperación con la Velberter Mission. Es completamente natural que siga recibiendo la revista. Yo no escribo artículos para ellos, tampoco publico la revista. Ellos decidieron publicar por iniciativa propia el artículo sobre Sudáfrica.”
Disgustado empujó la revista hacia mí. “Muy bien, Reinhard Bonnke, el semáforo aquí en Sudáfrica acaba de cambiar de verde a ámbar para tí. Otro incidente como este y estará en rojo.”
Siento tener que decirlo, pero para mí, esto lo superaba todo y no me pude contener. “Reverendo Spies, el mando de control de mi semáforo está en el cielo. Sólo me iré, si el cielo lo pone en rojo.”
Quiero dejar claro que el reverendo Spies y yo llegamos a ser amigos para toda la vida, a pesar de tener opiniones completamente opuestas. Esto vale sobre todo para el tiempo cuando ya no trabajaba bajo su supervisión. Las confrontaciones de aquellos días, sin embargo, llegaron a ser la base de respeto mutuo que manteníamos. Toda Sudáfrica se dirigía hacia una revolución enorme que tendría lugar pocos años más tarde. Los sucesos obligarían al gobierno en poder a entrar en la era moderna. El reverendo Spies representaba el antiguo modo de vivir que estaba desapariciendo. Por ser obediente a mi llamado, Dios me había unido automáticamente con el futuro.