CfaN en todo el mundo 

DeutschEnglishFrançaisEspañol
La resurrección de los vivientes
Escrito por Reinhard Bonnke   
 
Porque yo vivo, vosotros también viviréis.
Juan 14:19
    
La vida es como la electricidad – necesita un generador. El dinero, el alcohol, las drogas, la moda y la liberalidad no generan nada. Dicen que el dinero es la clave para la felicidad. Pues está mal dicho. Lo más importante en la vida no son las cosas. Una mansión decorada con los tesoros más valiosos no genera vida. Las pinturas, las esculturas y las estatuas no se animan o dan vida. Hollywood no crea nada más que ilusiones.  

¿Qué es la vida?
La definición científica dice que la vida es "el poder de crecer, reproducirse y reaccionar a las circunstancias." Pero nos hace falta un elemento más. Dios no nos hizo para ser nada más que criaturas biológicas. D. H. Lawrence ha observado algo muy divertido acerca del agua.
"Agua es ‘H dos 0’, dos partes de hidrógeno y una de oxígeno. Pero hay una tercera parte que hace que el agua sea agua. Y nadie sabe lo que es."

¿Qué hace que la vida sea ‘vida’? Hay un cuarto elemento y la ciencia no sabe lo que es. No se trata de nuestra existencia biológica, ni del placer, ni del trabajo. La arquitectura de la cultura solo es capaz de crear belleza sin vida. Hace falta que Jesucristo entre. Entonces, las imitaciones llegan a ser el templo de la vida.

Ahora bien, todo esto es correcto, pero hablemos de algo más. Hay momentos en la vida cuando incluso los cristianos se sienten como si la vida de resurrección hubiese desaparecido por completo.

Las circunstancias pueden producir en cualquiera de nosotros tal sensación de pérdida que nos sentimos como si no pudiesemos seguir adelante. La enfermedad, fracasos empresariales, la muerte, la pérdida de un esposo, esposa o hijo amado, el desempleo, ser traicionado por un amigo, ver nuestras esperanzas destrozadas y hechas mil pedazos, el desengaño, la desilusión, preocupaciones y lo peor de todo, sentir que fracasaste en tu propia vida o que dejaste colgados a otros… Cuando alguien habla de que Jesús está vivo, solamente puede ser teología.

A veces empezamos a buscar otro tipo de consuelo. He conocido a creyentes que se desesperaron y se resignaron. Dejan de asistir a la iglesia. Evitan ver a otros y se esconden. Esto se llama depresión. Puede que se sientan culpables, llenos de vergüenza o que estén amargados y quieran que todos se enteren. Desisten de seguir intentándolo, de seguir creyendo. Ese comportamiento se parece al de un animal que se retira silenciosamente para morir.

El mundo tiene consuelo que ofrecer. Nos aferramos a cualquier cosa cuando la tormenta amenaza con destruirnos. Las filosofías comunes no son ningún salvavidas. La gente suele decir cosas como “Hubiese podido ser peor” o “Es un camino largo sin retorno”.
Si, en cambio, nos fijamos en los salmos que en muchas ocasiones hablan de tribulación y grandes tormentos, sólo encontraremos la mención de un único consuelo: Dios. "Pero yo en tí confiaré” (Salmo 55:23). En los salmos nunca se usa la expresión “Hubiese podido ser peor”, “Otros tienen problemas aún más graves”, “Quizás núnca sucederá”, “No sirve de nada preocuparse”. Conocemos todas estas sabidurías y dichos del mundo. Los autores de los salmos conocían algo mucho más fuerte en que apoyarse: el brazo de Dios. "Tú eres mi consuelo en mi aflicción” (Salmo 119:50). Esta es la respuesta.

Tenemos algo muchísimo más eficaz que el médico, el valium, el psicólogo o consejero, y ese algo es la fe en Dios. Élla genera vida. “Dios es … nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1) El Señor es mi roca, mi refugio, mi torre fuerte. El libro de los salmos cuenta 150 en total, pero en ninguno de ellos encontraremos la mas mínima filosofía de consuelo. Todos los salmos conocen una sola fuente: el Señor, Su presencia y Su cuidado infalible que cubre todas nuestras necesidades.

Bueno, eso es lo que yo digo. Pero miremos ahora qué tal los discípulos de Jesús. Si alguna vez alguien se pareció a un muerto vivo, fueron los discípulos de Jesús en el momento que lo bajaron de la cruz. Mencioné cómo personas desean esconderse y morir en algún rincón solitario. Así sucedió con los discípulos que se encerraron cuando Jesús murió. No oraron, no se congregaron. Pensaban que ellos habían llegado a su fín. Nunca entenderemos lo que supuso para ellos ver cómo el cuerpo muerto de Jesús fue tendido en aquella fría tumba. Cuando vivo, Él fue tan fuerte, y ahora no era nada más que un cadáver.

Se sintieron traicionados. Pensaban que ellos mismos le habían traicionado a Él, todos salieron corriendo en aquel momento decisivo. Todo su futuro estaba puesto en Jesús. Esperaban cosas grandes, no un futuro normal y corriente, sino un futuro lleno de grandeza, con un trono y privilegios y poder. Pero él era aún más que esto. Era Jesús, su líder, su amigo. Sabían que les había tocado el privilegio más grande en la Historia al poder ser los seguidores de Jesús. Él era incomparable. Él sí era un Príncipe, inigualable en su sabiduría, que les cubría con un incomprensible amor, poderoso y tierno a la vez. Esta pérdida fue aún más traumática que la de cualquier esperanza de un futuro lleno de autoridad. Le habían perdido a Él, y sin Él, ellos estaban perdidos. Eran como bebés en una cueva llena de bestias.  

Así eran los discípulos, no tú, PERO … pero puede que tú te sientas tan abandonado, tan fracasado en la vida como ellos. Las cosas han salido mal. La vida ha perdido la sustancia, como un globo desinflado.

¿Bueno, y qué es lo que los discípulos hicieron al final? ¿Por lo menos algunos de ellos? Podían reducir sus pérdidas y decidir regresar al punto cero, para empezar de nuevo. Lo podían hacer, ¿pero, tenían la voluntad para hacerlo? Resulta que sí. Pedro dijo que se iba a pescar. Pescar fue lo que solían hacer antes de que Jesús interrumpió en su vida. Así que Pedro reunió siete de los discípulos y volvió a retomar la empresa “Zebedeo e Hijos - Pescadores”. ¿Quizás era la “Sociedad Limitada Don Simón Pedro”, con Pedro como director gerente? Para Pedro, la reacción siempre era acción.

En fin, en circunstancias como éstas siempre es sabio actuar. Desde un punto de vista psicológico, el instinto de Pedro fue correcto, esta vez. Por lo menos eso fue lo que pareció, pero cuando la noche terminó todo resultó ser un gran error. ¡No habían pescado nada! El ánimo fue recompensado con desánimo. Siete de ellos juntos y no lograron sacar del agua ni un espadín durante toda la noche. ¿De qué servía todo? ¿Por qué intentarlo? Desanimados, frustrados y confusos dirigieron la barca hacia la orilla con las redes vacías y los corazones aún más vacíos. ¿Y ahora qué?

Habían tocado fondo. Y entonces escucharon una voz que les llamaba desde la orilla, anónima. “Volved a echar las redes”. Habían echado sus redes innumerables veces y, desde luego, ¿quién era este en la orilla para darles órdenes? "¡Intentadlo otra vez!" No sé por qué lo hicieron. No importa lo agotados y desanimados que se sentían, lo hicieron, quizás para tan sólo mostrarle al de la orilla que no entendían nada de la pesca. Era inútil.

Y entonces, lo increíble: 153 peces. ¡Vaya historia! Contaron los peces más tarde para poder contarla.

En fin, una cosa era terminar la noche con tal éxito, pero habían conseguido más – mucho más. Dentro de la barca en medio del trajín y el entusiasmo, algo se movía en la memoria de Juan. Esto ya lo había vivido. Hace tres años, cuando todo empezó y vieron a Jesús por primera vez, él les hizo sacar la red con una pesca récord. ¡Ésa era la razón! ¡Juan lo sabía! Dijo: “Es el Señor.”

Pedro no quería más palabras – quería actuar, otra vez. No tardó mucho en saltar de la barca y nadar hacia la orilla. Ahí estaba Él, Jesús, vivo. Se habían esforzado intentándolo y habían fracasado, pero entonces, Él entró en escena. Jesús quería que ellos lo intentaran, no quería que se resignaran. Incluso esperó hasta que fracasaron, para entonces tomar las riendas del asunto, y uniéndo los esfuerzos de sus discípulos, se hizo su director gerente y tuvieron éxito. Estaban de vuelta en el negocio.

Pero Jesús tenía planes más grandes para ellos. Era necesario poner orden en las vidas de estos hombres, callar la tormenta de sus emociones y recuperar la vida que perdieron. Me imagino que no les agradaba mucho la idea de tener que enfrentarse a Jesús cara a cara. Eran unos fracasados, le habían abandonado, salieron corriendo cuando Jesús fue arrestado. Se sentían horribles, llenos de remordimientos y autocondenación, sobre todo Pedro. Si existía algo que Pedro deseaba hacer, entonces era explicarle todo a Jesús y ahora tenía la oportunidad para hacerlo. Tenía que alcanzar a Jesús lo antes posible. Jesús sabía lo que iba a suceder, conocía la mente y el corazón de Pedro, su vergüenza y desesperación.

Así que Jesús trató con Pedro, de forma tan excelente, tan simple y suave, y tan eficaz. No le dijo ni una palabra de acusación. No le dijo: “Por qué juraste, maldeciste y me negaste?” Tocó lo más profundo del corazón de Pedro cuando le preguntó: “¿Me amas?” Pedro se quedó sin palabras. Este era el meollo de todo el asunto.   

Esta es la prueba para todos nosotros: el amor, la prueba de amor. Podemos encontrar mil disculpas para nuestro comportamiento y fracaso, podemos intentar justificar nuestros errores. Pero cuando se examina, todo se reduce a esto: amor, amor fracasado o falta de amor. Esto resume al ateista más grande del mundo, no importa quién sea. Ningún hombre que amó lo correcto y lo bueno jamás odió a Jesucristo. La hiel, la amargura y los prejuicios nunca son amor.  

Jesús preguntó: “Me amas más que éstos?" (Juan 21:15). ¿Más que qué? Más que todo lo que estaba a su alrededor: el pescado, la barca, el mar, los demás discípulos, ¡todo eso! Simplemente le preguntaba a Pedro qué era lo que le motivaba. ¿Qué le daba fuerza? ¿La pasión por la pesca, sus amigos, el trabajo? ¿Por qué hacía lo que hacía?

El amor de Cristo es la motivación suprema. Ha producido más bien en este mundo que toda la maldad generada por el diablo. Esta es la sustancia de la vida cristiana, la sustancia de la Biblia. "Todo lo que hagas, házlo en el nombre de Jesús.” Trabaja por amor, por el amor de Cristo, ocúpate de sus asuntos, de su trabajo, cásate por Él, ten una familia por Él. Esto es lo que le da sustancia a la vida, lo que le da realidad, significado y un propósito eterno. La vida no empieza a los 40 años, sino que en el momento en que comencemos con Él, no importa la edad que tengamos. Así fue cómo los discípulos volvieron a tener vida.

Si has tocado fondo, esfuérzate por levantarte y Jesús te ayudará a ponerte de pie. Si sientes que la vida es un gran vació, pon algo en ella y Jesús la llenará. Jesús entonces dejó a los discípulos. Él se fue, pero ellos estaban vivos. Porque Él vivía, ellos vivían. El que era la Resurrección los resucitó. Volvieron a sentirse afirmados. Abandonaron sus barcas de pescadores y subieron a bordo de la aventura más grande de la vida: hacer que el mundo entero viese al Sol de Justicia. Nunca miraron atrás, siempre miraron hacia adelante, superando con la vista el horizonte para ver miles de amaneceres como aquel amanecer con Jesús.

Hay vida en la vida de Jesús si vives en ella día tras día.
Mira siempre a Jesús, en cada paso de tu caminar.
 

Ver Trailer

“¡La Iglesia de Jesucristo no es un barco de placer, sino un bote salvavidas! A bordo es necesaria la ayuda de todos si las almas han de salvarse.”
(Reinhard Bonnke)