| Jesús tenía miedo? |
| Escrito por Reinhard Bonnke |
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Las cosas que no se dicen pueden causar una impresión poderosa. De hecho, Jesús impresionó a Pilato, Herodes y los líderes judíos por no decir nada. No decía nada porque en ningún momento tenía miedo. No pedía misericordia, ni siquiera justicia. La presencia de falsos testigos no le impulsó a clamar por misericordia o un trato justo. Él era la Palabra. No diría lo que ellos querían que dijera, tampoco discutiría con ellos. Pilato le preguntó si era un rey, y Jesús simplemente contestó: “Tú lo dices” (Mateo 27:11). No dio una respuesta elaborada para explicarse y justificarse. Roma no podía intimidarlo. Sus enemigos arropados con un poco de autoridad pasajera tenían en sus manos a este personaje gigantesco – así por lo menos lo creían. Pero en realidad no eran mas que marionetas en manos del diablo, haciendo lo que él quería. Cristo sabía desde el principio que su destino era el ser torturado y despreciado y que sufriría una muerte cruel en la cruz. Sin embargo, también sabía que una vez conquistada la muerte, él regresaría de los campos de batalla del conflicto cósmico y con ello cambiaría el mundo, así como estaba predestinado. Durante la Última Cena, Jesús chocó a sus discípulos cuando anunció que uno de ellos le traicionaría. Horrorizados le preguntaron quién sería dicho traidor y Jesús le identificó, ofreciéndole comida con su propia mano y diciendo: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto” (Juan 13:27). Ninguno de los discípulos sabía lo que Judas estaba a punto de hacer, pero Jesús sí. El traidor saldría, caída la noche, y planificaría el arresto de Jesús junto con los sacerdotes. De hecho, Jesús dio la señal para su propia detención. Jesús no se asustó ante sus enemigos. Él controlaba la situación. El deslumbrante relato de Juan sobre la última misión de Jesús comienza con las palabras “Sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre” (Juan 13:1). Siguen 155 versículos llenos de verdad vital para nuestra fe, pero ni siquiera uno de ellos refleja temor, autocompasión o el más mínimo intento de recibir simpatía. Jesús sabía que su camino de salida le llevaba por Jerusalén, Getsemaní y el pretorio a Gólgota, y estaba determinado de seguir esta ruta con dignidad positiva. Antes de dirigirse a Getsemaní donde Jesús sabía que sería detenido, él y sus discipulos incluso cantaron un himno (Mateo 26:30). El oratorio de Händel ‘El Mesias’ contiene una aria de tenor basada en Lamentaciones 1:12 que reza: “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad y ved si hay dolor como el dolor que me ha venido”. Händel pone estas palabras en boca de Cristo como una suplicación, lo cual nunca fueron. Jesús núnco pidió simpatía. Cuando, con su cuerpo sangriento, maltratado y desfigurado por los azotes y el trato brutal de los soldados, Jesús tambaleaba bajo el peso de la cruz que tenía que llevar, lo hizo porque pesaba demasiado para él. Y, permanecía callado. Las ‘mujeres de Jerusalén’, no sus seguidores, pero mujeres conmovidas por ver a este hermoso jóven aproximarse a una muerte tan cruel, lloraron por él. Pero Jesús les dijo: “No lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lucas 23:28). Jesús era el ‘hombre afligido’ porque sabía que Jerusalén sufriría tribulaciones tan grandes como nunca antes. Jesús lloró por la ciudad, no por si mismo, de la misma manera que Jeremías siglos atrás había llorado, no por si mismo, pero por Jerusalén. ¿Acaso Jesús se arredró ante la Cruz? Algunos lo piensan examinando la escena en Getsemaní donde Jesús oró: “Padre, aparta de mí esta copa”. Los críticos dicen lo que quieren sobre este momento donde Jesus se enfrenta con las horas fatales y crueles del arresto, y llegan a la conclusión de que ante tal perspectiva, las palabras de Jesús son muestra de debilidad: “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. Obviamente, dicen, Jesús conocía la muerte horrible que le esperaba y su naturaleza física se rebelaba contra tal final. Sin embargo, cuando Jesús le pidió al Padre apartar de él la copa, ¿realmente estaba hablando de su muerte en la Cruz? Jesús había descendido de la gloria, tomando forma de hombre, para redimir la humanidad mediante su sacrificio físico. ¿Realmente quería que ahora la voluntad de Dios cambiase, estando él en la tierra, cuando el plan de Dios estaba a punto de cumplirse? Yo no lo creo. Las propias palabras de Jesús demuestran lo contrario (Juan 12:27-33): “Y ahora está turbada mi alma, ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. De hecho, nos explicó de qué hora se trataba al continuar: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. Y el texto bíblico añade: “Esto decía dando a entender de qué muerte iba a morir”. Jesús hablaba de glorificar al Padre y que la gloria sería su triunfo en la Cruz – hecho semejante nunca puede ser calificado como derrota. Jesús dijo en Getsemaní que su alma estaba perturbada. Aquí no está hablando de temor. El Hijo de Dios estaba posicionándose entre la tierra y el cielo, sería elevado para ser Salvador, y su experiencia superaría cualquier cosa que hemos conocido o conoceremos jamás. Mateo dice: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). Sin embargo, más o menos una hora antes, Jesús había estado enseñando a sus discípulos y había cantado un himno, el “Hallel”, basado en los salmos 113-118. ¿Qué le había ocurrido? La realidad de ‘hasta la muerte’ iba aumentando mientras Jesús se alejaba más y más de sus discípulos adentrándose en el olivar, donde oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Lucas relata (Lucas 22:44): “Lleno de angustia oraba más intensamente, y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”. Había dos razones para esta angustia. Primero, como explica la Palabra de Dios, el pecado de toda la humanidad había sido puesto sobre él, y, segundo, llevaba esta carga envenenada a la Cruz. Esta hora era la más decisiva en la historia de la humanidad, y, según mi modo de ver, fue precisamente en este momento que Satanás le atacó con sufrimiento físico. Satanás había intentado matarle nada más nacer, incluso había intentado evitar que naciese. Y éste era el ataque final: asegurarse de que Jesús muriera una muerte ‘natural’ antes de llegar a la Cruz, y así fracasar en obtener la victoria sobre la muerte que Dios había planeado debería ocurrir mediante la crucifixión. Jesús hubiese podido morir de forma física en Getsemaní, pero después de orar, ángeles vinieron para fortalecerle (Lucas 22:43). Hebreos 5:7-9 lo confirma: “Y Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído”. Murió en la Cruz, no fue librado de esta muerte. Jesús sabía que debía cumplir la Palabra de Dios y dar su vida por nosotros, sino, se contradiría a sí mismo como el autor verdadero de la Palabra. Su muerte en la Cruz era crucial como lo explica Gálatas: “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»)” (Gálatas 3:13). La fase de preparación de la traición de Judas también formaba parte de este plan: “Sé a quienes he elegido. Pero debe cumplirse la Escritura: «El que come pan conmigo alzó el pie contra mí»” (Juan 13:18). Después de resucitar de la muerte, Jesús volvió a repetir ante dos de sus discípulos que todo – incluso el sufrimiento– sucedió justo como estaba escrito en la Palabra: “Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos... Fue necesario que el Cristo padeciera” (Lucas 24:44-46). Los poderes del infierno y de la muerte le afrontaron en un último y desesperado intento violento de evitar que se cumpliera la Palabra, terminando con su vida antes de que llegara a la Cruz. Todo esto era parte del triunfo de Jesucristo, trayéndonos salvación eterna. Él venció al infierno, a la muerte y al diablo en una batalla sin parangón. Él se regocijó en todo cuanto hacía así como un guerrero se regocija en la batalla. Les dijo a otros: “No temáis a los que matan el cuerpo” (Mateo 10:28). El temor no cuenta ante el entusiasmo desbordante de ganar la batalla. ¡Éste es nuestro Capitán de la salvación, el Caballero del caballo blanco, nuestro Señor Jesucristo, quien nunca conoció ni jamás conocerá temor! |





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