| La eternidad necesita tiempo |
| Escrito por Reinhard Bonnke |
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Estableció
en Cristo[...]: reunir en él todas las cosas,
tanto las del cielo como las de la tierra. Efesios 1:10 (NVI)
La resurrección – ¡qué tema! Me gustaría tomar un tiempo para meditar en ello. Lo que perdura para siempre no es prefabricado y montado de un día para otro. Dios construye el futuro y no lo hace de manera sintética o con un par de milagros mágicos. Él hizo los cielos y la Tierra en seis días pero ha estado trabajando en el futuro durante todos los milenios. En este mismo instante lo está haciendo personalmente. Es el divino holograma de lo que sería su propio hijo descendiendo a la Tierra: “El cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo” (Apocalipsis 13:8). Lo que está en la mente de Dios ni siquiera está en las nuestras. Sería imposible. Para alcanzar sus propósitos, Dios necesita tiempo y el material adecuado, material vivo, nosotros los seres humanos. Somos la materia prima del mundo que está por venir: duro, arenoso, inflexible, cosas animadas, personas con una voluntad propia. Su mano está formando cosas de esplendor y la arquitectura de tiempos sin fin. Hasta el último átomo y la última partícula, el universo es la evidencia de su sabiduría omnisciente. Sin embargo, la creación de Dios le presentó unos problemas nuevos e insolubles, tantos como personas involucradas. No se podían solucionar aplicando omnipotencia, mera fuerza. Proporcionó una solución asombrosa, ya desde el primer bosquejo la estableció: ¡Su hijo! Su hijo moriría para quebrar las cadenas de la muerte, resucitar y, mucho más que eso, nos contagiaría, a través de su victoria, de nueva vida, vida más allá de la vida, vida sobre vida. Resurrección es su referenciaEl plan de Dios aún se está implementando y se está demostrando que no es ficción. Creyentes en todo el mundo lo sienten y se comprometen a compartir y trabajar en el programa divino. Cada oración, cada palabra de testimonio, cada victoria, cada céntimo dado... en Dios, los miles de millones de millones de esfuerzos se suman y dan resultado. Esta resurrección no fue una ocurrencia tardía, una solución rápidamente pensada para una emergencia desesperada. Dios jamás está desesperado y nunca sorprendido por emergencias. ¡Tuvo que ser resurrección, tuvo que haber resurrección y la hubo! ¡Dios lo dijo y lo hizo! Silenciosamente pero sacudiendo el infiernoEn el brillo silencioso y fresco de una mañana de primavera en Jerusalén, en una tumba en un jardín cincelada de una roca, detonó una explosión de vida, silenciosa, eso sí, pero sacudiendo el infierno. Jerusalén se ubica en el lugar de encuentro de tres continentes: Europa, Asia y África. Desde aquella tumba en un jardín salieron brotes de nueva vida que cruzaron fronteras continentales, inunando la Tierra hasta sus confines y desencadenando una oleada centenaria que nos alcanza hoy en día. La resurrección fue planeada antes del comienzo del mundo y fue puesta en el lugar correcto mediante la ingeniería de alta precisión divina. Jesús resucitó de los muertos en el momento establecido y la hora correcta. Fue demasiado grande como para ser un mero milagro. Milagros no eran nada más que granitos de trigo que volaban por el aire desde el campo de cosecha donde Dios estaba trabajando. Cuando Lázaro salió de su tumba, cuando Jesús le devolvió el hijo a la viuda de Naín, cuando el presidente de la sinagoga recibió a su hijita… todos estos acontecimientos eran milagros, pero para muchos espectadores solo eran milagros de pocos días. Lo que sucedió aquella primera mañana de Pascua se extendió, sin embargo, mas allá de los horizontes del futuro, cambiando el mundo, impactándonos hoy en el tercer milenio. El momento en el que Jesús se despertó sobre la cama pétrea de su tumba, se levantó y anduvo hacia la salida era un momento protegido de todo observador por rocas de granito. No había espectadores para testificar su resurrección, pero los espectadores de su resurrección completada se encuentran alrededor del mundo entero, hombres y mujeres que han vivido durante los últimos dos mil años. El primer estrado de su resurrección fue un jardín, pero el estrado real de este acontecimiento es la historia, el cosmos entero su plató. Cuando Jesús resucitó de los muertos, la Shekinah, la Gloria de Dios, empezó a brillar de los textos y pasajes antiguos de la Biblia: “Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho” (Isaías 53:11). Una luz radiante salió de la tumba en el jardín y las historias antiguas revelaron una dimensión más grande: Israel saliendo de Egipto, José en la prisión, el final de Babilonia y del cautiverio... La única manera correcta de leer estas historias es leerlas con Jesús dentro de ellas. El dijo que todas las escrituras hablaban de Él, del que resucitó (Lucas 24:27). Inmersos en la inmortalidad La resurrección fue más que un milagro, y Jesús fue más grande que este acontecimiento. No se trataba meramente del acto de la resurrección en sí, sino de aquel que resucitó y ahora está delante de nosotros, tan extraordinario, llenándo el mundo completo con sí mismo. Jesús mismo fue un milagro mucho más grande que la resurrección. Jesucristo el Señor, Él mismo era la resurrección. Dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25) y esta constatación sigue siendo profunda, incluso críptica. ¿Cómo puede ser Él la resurrección? ¿Acáso Jesús puede ser un hecho? Encontramos la respuesta en el dicho popular de que todo suceso tiene su causa. Jesús es la causa de la resurrección. El fue la vida misma y ninguna tumba, ninguna cadena le podía retener. Hoy, Jesús es la vida, la fuente misma de la vida. La vida brota constantemente de Él. Brotó primero en aquel jardín, trayendo el poder de la resurrección, vida nueva, nacimiento nuevo, hijos e hijas nuevos, bondad nueva, riqueza nueva – un río constante e infinito de bondad fluyendo de la abundancia de Dios. Jesús es la resurrección y nosotros estamos en Él. Ahora estamos dentro de la resurrección. Jesús dijo: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Jesús fue capaz de morir y resucitar porque la vida es una fuerza positiva que supera y vence todo lo negativo, incluso la muerte. En Él estamos inmersos en la inmortalidad y nos sacudiremos la muerte como un perro se sacude el agua. La tumba no pudo retener a Jesús y no podrá retenernos jamás. La vida fluye de Él hacia nosotros para siempre:“El que cree en el Hijo tiene la vida eternal” (Juan 3:36). El es vida, la fuente de la vida. Nada, ni una cruz hecha por hombres, ni un árbol transformado en instrumento mortal podía tapar la fuente, como dice un himno antiguo “Sigue fluyendo, tan fresca como siempre, del costado herido de mi Salvador”. El Príncipe de Vida se vistió de hombre para hacerse vulnerable ante el odio humano. Lo atraparon, lo golpearon, lo colgaron con clavos de hierro, lo echaron violentamente a las aguas oscuras de la muerte. El, sin embargo, emergió inmortal de este río infernal. “Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:17-18). Esto fue lo que hizo. Realizó un hecho productivo como un servicio específico para la humanidad sin el más mínimo provecho para sí mismo. Lo hizo sola y únicamente porque su Padre y su propio amor provocaron en Él el deseo de hacerlo. Lo que Él hizo en aquel entonces, es para nosotros hoy. Aquella Pascua cuando Jesús resucitó de los muertos afecta a cada ser humano y a toda cosa para siempre. Ha impactado la vida de miles de millones, lo cual, sin embargo, no es nada más que el comienzo, la obertura de la música de Dios que llenará la eternidad. Aquella resurrección, su santidad, pureza, alegría y vitalidad abundante serán universales, expandirán y arroparán e inundirán toda la naturaleza, todas las cosas, toda creación, alcanzando los mismísimos cielos. Todos los planes de Dios giran alrededor de la muerte y resurrección de su hijo. Jesús mismo llamó al futuro la “resurrección” (Mateo 22:30). Algunos ya son “hiijos de la resurrección” (Lucas 20:36) y serán “plantados juntamente con él en su resurrección” (Romanos 6:5). Lo que está por venir es todo resurrección. Hombres y mujeres de la resurrecciónSeremos hombres y mujeres de la resurrección, un nuevo orden. Seremos seres resucitados: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Nosotros, los que menos lo merecemos aparte del infierno, somos elevados a un orden de seres como ningún otro espiritu, señor, poder o ser creado dentro del dominio de Dios. ¡Qué gracia, qué regalo, qué Señor más maravilloso! |
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