Cuando dejaron Egipto con nada más que lo que podían
llevar con sus manos, estaban a punto de cambiar el mundo. De la noche a la
mañana, los esclavos israelitas llegaron a ser una nación completamente
diferente al resto del mundo. Dios les dio una cultura completamente contrapuesta
a las existentes, preparándolos así para ser Su pueblo. Les dijo: “No aprendáis el camino de las naciones …”
Por esta razón, Abraham vivía como beduino apartado
de las influencias que le rodeaban. Necesitaba sacar la vieja cultura de su
sistema. Cientos de años más tarde, Moisés llegó a los descendientes de Abraham,
diciéndoles con urgencia: “Poned por obra todos sus mandamientos que yo te
prescribe hoy, y Jehová, tu Dios, te exaltará sobre todas las naciones de la
tierra” (Jeremías 10:2, Deut. 28:1).
Dios es así. Hace de nosotros, sus hijos nacidos de
nuevo, personas diferentes y distintas, completamente contrarias a lo que el
mundo de entonces creía:
- “Los
últimos serán los primeros”.“Ama a tu enemigo …”
- “El
que sea el mayor de vosotros sea vuestro siervo”
- “Bienaventurados
los mansos, porque recibirán la tierra por heredad”
- “El
que quiera salvar su vida, la perderá”
- “Bienaventurados
los que padecen persecución”
- “Como
pobres, pero enriqueciendo a muchos”
- “Como
moribundos, pero llenos de vida”
(2 Cor. 6:9-10, Mateo 5:5,
5:10, 16:25, 23:11)
Israel pagó un precio incalculable por su libertad,
pero pronto empezaron a dudar del negocio. “Nos acordamos del pescado que comíamos en
Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los
ajos” (Números 11:5).
¡Pepinos!, el cebo para regresar a la mano férrea
de la esclavitud. Pepinos... Israel, sin embargo, era el agente escogido para
iniciar el cambio más grande de la historia, viviendo una vida nueva según un
órden de vida fundamentalmente diferente para un ser humano. Dios descendió del
cielo e hizo de ellos “linaje escogido, real sacerdocio, nación
santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9). Pero,
por razones incomprensibles, este pueblo pensaba en pepinos.
Dios dijo que los amaba. No porque eran mejores que
otros pueblos, simplemente porque los amaba, no había otra razón (Deut. 7:7-8).
Ellos no escogieron a Dios, pero Él los escogió a ellos. Ellos no eran nada
especial, pero eran escogidos. Cuando escaparon de la esclavitud en Egipto,
dejaron el país con las mochilas en sus espaldas, doce tribus desorganizadas,
de poca confianza, supersticiosos e idólatras de dioses egiptos. Dios los guió
mostrándoles gracia y paciencia infinita, y les enseñó cómo vivir. Les dio un
propósito como nación, un propósito que superaría su propio deseo de preservar
la vida, propósito que ninguna nación puede aclamar como suyo, ni siquiera hoy,
4000 años más tarde.
Ventajas extraordinarias
Ninguna nación ha gozado jamás de las ventajas
extraordinarias de las que disfrutaba el pueblo de Israel. Los principios de
una vida civilizada se fijaron en el código levítico, principios que otras
naciones e imperios desconocieron hasta que el Evangelio iluminó su oscuridad. “Y ¿qué
nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta Ley?
Los pueblos oirán todos estos estatutos, y dirán: ‘Ciertamente pueblo sabio y
entendido, nación grande es esta’” (Deut. 4:8/6).
Eso fue en aquel entonces, pero a nosotros se nos
recordó: “Todas estas cosas les acontecieron como
ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, que vivimos
en estos tiempos finales” (1 Cor. 10:11). Nosotros somos los que vivimos
estos tiempos, los que están en los tiempos finales. Somos la nueva humanidad
con vida nueva, una naturaleza nueva, un destino nuevo, brotando como cosecha
dorada de la tierra de lo viejo.
Lo que antaño sucedió con el pueblo de Israel y Moisés,
hoy es representado por el cristiano: una revolución de los principios de vida
y de los propósitos. Los creyentes son revolucionarios, alborotadores. Pablo y
Silas tuvieron que enfrentarse a una fuerte oposición en Tesalónica que les
acusaba con las siguientes palabras: “Estos que trastornan el mundo entero también
han venido acá” (Hechos
17:6). Era un cumplido. Jesús vino para obtener este resultado.
Una cultura contrapuesta
Tal y como Israel era un pueblo nuevo, único y
completamente contrapuesto a las naciones paganas, hoy, Dios también está
llamando a un pueblo nuevo, distinto, nacido de nuevo “de lo alto” con una cultura completamente contrapuesta. Lo que el
pueblo de Israel fue llamado a ser, nosotros también lo somos en Cristo Jesús.
Millones de nosotros somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación
santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9).
El lenguaje del Reino suena extraño a los oídos del
mundo. El primer discurso grande de Jesús parece describir un mundo al revés
(Mateo capítulos 5, 6, 7). Comienza con las bienaventuranzas que incluyen
comentarios tan inconcebibles como “Bienaventurados
los que lloran. Bienaventurados los que padecen persecución” y continua
diciendo “amad a vuestros enemigos”. El reino de Dios es justamente lo contrario
de este estado confuso de los mesiases y profetas falsos, los desacuerdos, los propósitos
competitivos, los prejuicos políticos peligrosos, el ingenio dedicado a
desarrollar más armas inteligentes para despedazar cuerpos fragiles, accesibles
a fanáticos enloquecidos. Los observadores sabios se dan cuenta de que las
masas públicas estan siendo manipuladas por un exceso de los medios que les
enseña a ser “amadores de los deleites más que de Dios” (2
Tim. 3:4). El mundo ciertamente es un lugar mundano que consiste solo de
valores materiales.
A los que nacieron paganos y fueron educados de
acuerdo a estos valores, el nuevo pueblo de Israel parecía ser loco, opuesto a
la lógica. No dependían de esclavos, confiaban en Dios para su seguridad, se
reían de los dioses altos y grandes, no creían en los signos del zodiaco,
trataban bien a los niños y a los animales, velaban por la justicia, cuidaban
de los pobres, usaban su dinero con generosidad y adoraban a un Dios a quien no
veían ni podían describir. Ellos, sin embargo, se habían adelantado a sus
tiempos, habían recibido las herramientas espirituales de una nueva creación,
un orden global nuevo.
Marcados por la santidad
Muchas personas religiosas llevan una indumentaria
especial o señales físicas especiales para ostentar su afiliación religiosa,
pero Jesús no nos dio instrucciones acerca de qué debíamos vestir, cómo
decorarnos o llevar nuestro pelo. Él quiere que se nos reconozca por lo que
somos, no por nuestra apariencia física. La diferencia de los cristianos
consiste en que no somos para nada diferentes, excepto de nuestro corazón y
nuestro carácter. La Biblia prohibía al pueblo de Israel hacerse tatuajes u
otras marcas exponiendo su afiliación religiosa en su cuerpo. Así lo hacían los
pueblos paganos, pero el pueblo de Dios debía distinguirse por su santidad.
Este principio levítico es valido para nuestros tiempos.
Los cristianos no son gente normal aficionada a la religión.
El mundo tiene su entusiasmo contagiante, sus “fans”, tanto del fútbol como de
otros deportes. Pero los cristianos no son “fans de Dios” o gente entusiasmada
con la religión. Somos profundamente distintos. No solamente somos diferentes
en lo que hacemos o en nuestro estilo de vida, pero en nuestra naturaleza: somos“participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4), dirigidos por instintos que el mundo desconoce por completo.
“Todos
los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Romanos 8:14). ¡Esta es su sello distintivo! La Biblia usa la imagen del matrimonio. Jesús
hablaba de sí mismo como del novio, y Jehová dijo que era el esposo de Israel. Lo
que la esposa para el esposo y el esposo para la esposa, nosotros somos para
Dios, para Jesús.
Vivimos y trabajamos como todo ser mortal sobre el
planeta, tenemos aspiraciones, comemos y nos vestimos a la moda, disfrutamos de
las cosas buenas que hombres y mujeres hacen como cada hijo del mundo. Pero no
somos hijos del mundo. La ropa que llevamos no expresa nuestra fe. Jesús dijo
que los fariseos oraban largo y tendido en público y que llevaban accesorios
religiosos impresionantes en sus cabezas o muñecas. Los hijos de Dios no usan
esas muestras exteriores mediante su moda, sino que caminan por la calle como
cualquier otro. Están vestidos, sin embargo, con humildad y llevan ropas de
alabanza. Lo que los distingue está en ellos mismos, son reconocidos por amor y
fe y por su estilo de vida.
Ser diferentes
La gran diferencia radica en que los seguidores de
Jesús están en el mundo pero no son del mundo. “No améis al
mundo ni las cosas que están en el mundo. … el mundo pasa, y sus deseos” (1 Juan 2:15-17). No invertimos nuestras ambiciones
y esperanzas en el desfile de cosas pasajeras y poco duraderas que el mundo
expone, sino en cosas eternas: la verdad, la realidad y el llamado de Dios.
Invertir en lo pasajero del mundo nos dejará con nada más que cenizas en las
manos, así como lo dijo el poeta: “Los
senderos de la gloria conducen a la tumba.”
Debemos estar preocupados cuando nuestras vidas como
seguidores de Jesús no son distintas, cuando se nos conoce como religiosos y
nuestra fe no es más que un tema que estudiamos. Los hijos de Dios deben ser
tan normales y ordinarios como los demás, pero su estilo de vida debe hacerlo
imposible que pasen desapercibidos. No somos aficionados a lo sobrenatural o
simples creedores en milagros, somos amantes de Dios.
El primer y único hombre de fe fue Abraham, y Dios
se llamó a sí mismo “el Dios de Abraham”. La gente no conocía a Dios, pero sí
conocía a Abraham y solo entendía a Dios a través de Abraham. Dios se
identificó con la vida de Abraham. Sabiendo cómo era Abraham, sabían cómo era
Dios. Abraham era diferente y sabían que Dios no era como sus otros dioses.
No ganaremos al mundo si no nos distinguimos. Jesús
dijo: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo
suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el
mundo os odia” (Juan 15:19). Pero el reino de Dios es un
estado al revés. Siendo completamente contrapuestos al mundo atraemos a las
personas al Reino. Si los seguidores de Jesús viven como el mundo y son como el
mundo, no impresionarán a nadie de tal manera que quiera dejar el mundo.
El mundo está cansado de ser como es. Después de
miles de años y decenas de experimentos políticos y sociales, sólo Jesús tiene
la respuesta. Esta respuesta es nuestro secreto a voces, para ser comunicado a
todos:
“Ve, dilo en las montañas: que
Cristo es el Señor.”